23 de abril de 2010

A Dios pongo por testigo...

Algún día me atreveré y daré fin a la esclavitud del tinte. Dejaré que mi cabellera plateada luzca, en correspondencia a la anciana que se alojó en mí hace unos años y que día a día pugna por salir. Haré como mi abuela Agustina, que un día dijo "Ya estoy harta" y su cabeza, como su pensamiento, blanco, bello , sobresalía con soltura entre los libros, humo de cigarrillos y demás actividades del Ateneo de Madrid. El Ateneo que supo reconocer su trabajo , aunque fuera después de irse.
Nunca llegaré a ser como ella, pero tan sólo con acercarme mínimamente a ella en su lucha, su tenacidad, su sentido de la ética, me sentiré orgullosa.
Los genes nos hacen parecernos a nuestros seres queridos y a veces nos dan lo mejor, pero también lo peor. Somos acervo genético de nuestros padre y abuelos. Que orgullo.
¿Pero por qué, madre,? ¿Por qué las canas?
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