12 de diciembre de 2010

LA VIDA COTIDIANA

Sebastián era ya un hombre próximo a la jubilación. Toda su vida se había dedicado a lo mismo. Su padre le inculcó los valores de la responsabilidad del trabajo, llevar un sueldo a casa, la honradez y la lealtad. Su única ambición era marcharse a casa después de un día de trabajar con la sensación de haber realizado bien su faena. Por eso, los días de viento, lluvia intensa o nieve volvía a casa con algo de inquietud en el estómago. Sólo había faltado al trabajo en dos ocasiones, cuando falleció su madre a los 91 años y cuando tuvo el mal de apendicitis.
 La guerra la había pasado a duras penas en el pueblo de sus padres, siendo un enclenque niño que corría detrás de las gallinas y jugaba con un palo y una cuerda, inventando mil juegos en medio del campo. Cuando se marcharon a la capital su padre le llevaba con él a trabajar en el tranvía , para que fuera viendo y aprendiendo las cosas de la vida. Rosa era la hija de unos vecinos, vivía con su madre que cosía en casa para los señoritos de un buen barrio de la ciudad y era huérfana de padre, muerto en la guerra civil. Enseguida se hicieron novios, después de miradas furtivas en la escalera, sonrisas robadas tras la puerta, Sebastián, Sebas, como le llamaba Rosa, le invitó a ir al baile.
Cuando falleció el padre de Sebastián , una hemoptisis imparable por una tuberculosis mal curada, no le quedó otro remedio que ponerse a trabajar. Después vino todo lo demás, el matrimonio, los hijos y la vida dura. Rosa ayudaba en casa con un jornal como costurera, aprendiendo de su madre, se colocó en una boutique de cierto renombre, copiando modelos de alta costura para señoras y señoritas con aires de grandeza. Y Sebastián se levantaba a las cinco de la mañana para empezar su jornal. A las seis ya estaba en su puesto. Sólo tenía asignada una calle, pero era la calle principal de la ciudad. Era larga, con amplias aceras y los edificios principales e importantes de la ciudad se situaban en ella. Su deber era tenerla impecable. Sebastián barría todos los días, salvo los domingos y luego en la última época tampoco los sábados. Los días de nieve con la pala en mano. Con viento y lluvia. Su orgullo era recoger todas las hojas, a pesar de que al día siguiente volvieran a estar ahí. Con paciencia exquisita , con amor por el trabajo bien hecho.
Una vez le ofrecieron cambiar de trabajo, chofer de una de las clientas de la tienda donde trabajaba Rosa, pero lo rechazó. Ése no era un trabajo para él. Todo el día sentado, con humos de motor y paseando a mujeres ociosas gastando de tienda en tienda. A él le gustaba la calle, mojarse las manos, fumar un cigarro a los pies de alguno de los árboles que tan bien se conocía, mientras oía los pájaros y llevar su propio ritmo pausado y constante. No se permitía grandes lujos, algún viernes se tomaba un chato de vino con los compañeros y dos veces fue al teatro con Rosa.
Aquel día Sebastián se había olvidado las gafas en casa, últimamente tenía algún despiste y Rosa le dejaba siempre las gafas en la repisa de la entrada, junto a las llaves. Pero Rosa se había marchado a casa de su hija Aurora a cuidar al pequeño de los nietos. Sólo estaba resfriado, pero en la guardería no le dejaban ir si tenía fiebre y el trabajo de Aurora no le permitía otra cosa que recurrir a la abuela. Sólo sería un par de días.
Cuando fue a cruzar la calle no vio la ambulancia, la señal sonora no estaba encendida , eran las seis y veinte de la mañana y la contaminación acústica de la ciudad obligaba a no activarla salvo necesidad. El tráfico estaba despejado y la ambulancia iba a unos 70 km/h. No vio las luces.

Sebastián fue un hombre feliz, querido por su familia y respetado por sus compañeros.
Aquel día llovió y llovió durante horas, los árboles lloraron todas sus hojas hasta dejar una alfombra oscura que cubría toda la calle, la calle de Sebastián. Pero esta vez no vino nadie a recogerlas.
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