19 de mayo de 2013

CONFIANZA

¡Qué gran palabra!
Algo esquisito e íntimo, intangible, inmensurable e impredecible. 
¿Por qué confiamos en alguien? A veces no sabemos el motivo, pero muchas veces es esto lo que nos hace tomar decisiones que no siempre son comprendidas... ¿Por qué te ha operado fulano? ¿Por qué vas a esa tintorería? ¿Por qué comes en ese restaurante? 

 

¿Y en qué basamos esa confianza? Esto también es un misterio sin resolver de forma absoluta. Muchas veces  se basa en hechos, consecuencias, acciones, aunque éstas no sean evidentes. Una mirada determinada, una palabra escuchada, un gesto especial o íntimo pueden hacer mucho más que una conducta específica y absolutamente correcta. Hablar con sinceridad sobre lo que nos preocupa o lo que preocupa a nuestro confidente puede ser más eficaz. 
 
Para algunas personas y según que situaciones la seriedad, la madurez, la sobriedad pueden ser más importantes que la cercanía dicharachera y coloquial. En otras circunstancias preferimos el trato directo, cercano y algo superficial. 


Medir y dosificar todos estos matices de nuestro carácter, saber detectar en qué momento son importantes unos u otros, comprobar el impacto de nuestras acciones en el ánimo de nuestro oyente son facultades importantes de nuestra inteligencia emocional que debemos potenciar si queremos ganar la confianza del que nos escucha. Saber trasmitir nuestra receptividad y conseguir convencer de nuestras aptitudes y actitudes.

El ejercicio de la reflexión y el conocerse a uno mismo son importantes para poder comprender a los demás. Si comprendemos, podremos saber cuales son los motivos de preocupación de quien nos escucha y podremos responder a las espectativas demandadas por él o ella.
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